abiGArrada

Sin talento, sin técnica, sin pretensión.

miércoles 4 de noviembre de 2009

Ruta 86

Acostumbrado a la mueca de disgusto de algunas personas, Edgar comienza su rutina quejándose de que con los audífonos los usuarios del transporte público encontraron un pretexto para ignorar al payaso y no regalarle ninguna moneda.
Ella veía los gestos que simulaban una falsa sonrisa en un pésimo maquillaje blanco y negro que cubría parte de su moreno rostro y resaltaba unos brillantes ojos cafés. Lo miró, sonrió y decidió quitarse los audífonos que evitaban que escuchara lo que decía, cerrar el libro que evitaba que le pusiera atención. Sin duda, se desarrollaba una broma a sus costillas.
Edgar bajaba la voz a medida que contaba los chistes y no apartaba la mirada de ella, como si de pronto se hubiese dado cuenta que nada de lo que dijera iba a disminuir o aumentar esa mueca de media sonrisa o a desviar esos ojos atentos y curiosos. No podía zafarse de esa sensación de incomodidad por no saber de qué forma respoder, aunque siguiendo la costumbre de lo aprendido en el ir y venir de la calle decidió sentarse a su lado antes de pedir alguna moneda.
-¿Cómo te llamas?
-Ángela
Edgar dijo algo incomprensible acerca de ese nombre, sólo en su cabeza hubo coherencia en sus palabras. Se quedó callado un momento mientras ella se preguntaba hace cuánto había inhalado, su olor era penetrante. Él pensó en lo fácil que hubiese sido quitarle el celular que asomaba de la bolsa pero decidió abstenerse y le preguntó:
-¿Te gusta chatear?
-Mmmm, sí.
-¿Me das tu correo?
-Mmmm, bueno.
-Yo también te doy el mío.
Y sacó un papelito y pidió una pluma prestada a la señora del asiento de enfrente. En tinta azul en un post it amarillo escribió su nombre y su correo, con la promesa de conectarse a la hora que ella indicara.
-Me conecto en las noches, después de las nueve.
-¿Tienes computadora?
-Si.
-Yo no tengo, pero a esa hora te busco.
-Bueno.
-Nos vemos.
Se acercó para darle un beso pero ella lo evitó echando la cabeza hacia atrás, le dijo que no. El prejuicio que la hizo retirarse fue el de no despedirse con un beso de alguien que no conoce, no era nada contra el oficio ni contra el maquillaje, tampoco por el olor a mona que expedía pero él no lo vió así. Contrario a lo que podía esperarse, eso lo hizo sonreír, por primera vez de forma sincera desde que subió al camión. Notó que ella se sonrojaba y se levantó. Dio gracias al chofer y bajó con el vehículo aún en movimiento.
Ambos sabían que no se iban a volver a ver, que no eran uno para el otro y que tal vez ni siquiera llegarían a ser amigos. A pesar de eso, ella se quedó con una extraña sensación en los labios, como si le hubiesen crecido un poco como cada vez que negaba un beso, la diferencia es que esta vez los labios le dolían. Él metió las manos en las bolsas en espera del siguiente camión, aunque su mirada no dejaba de buscar un café Internet.

martes 3 de noviembre de 2009

Que no la dejen entrar, porque ella se roba el show o; una esterlina que libra la histeria o; libre (al menos de 1 pecado) o, simplemente: sin envidia

La envidia fue el pecado del que te separaste recientemente. Pecado muy difícil de abandonar porque pone en evidencia la carencia, no hay nada más complicado que aceptar que hay cosas que no se pueden tener, que no se van a alcanzar, que no hay forma de adquirir y así se tiene que seguir el camino, el camino que te marcaron al nacer. Aún no sabes que hay cosas ineludibles, te aferras a pensar que puedes cambiar lo que se requiera con voluntad, las carencias se suplen con trabajo. Cuando la falta no es tangible, cuando se trata de una virtud o varias, separarte de la envidia duele más. Te dolió porque tuviste que aceptar la vanidad e inseguridad que no luchan porque no son contrarios (la dialéctica reduce las posibilidades, inocentes los que siguen defendiéndola), sino suplementarios. Que no se oponen porque son dos caras del mismo impulso que no requiere más que de un pequeño estímulo para comenzar a corroer y aparecer en comentarios sarcásticos o peticiones insensatas.
Cuando gritaste que este impulso, que la envidia había desaparecido de ti, te miraron extraño, como si fueses un loco que anuncia un mundo mejor, como si de tu cabeza hubiesen salido imágenes caóticas que pusieran a los que a tu alrededor estaban al borde de la neurosis, como si hubieses roto el equilibrio del universo, cuando lo único que hacías era seguir el camino que te marcaron al nacer.
Imagina su reacción ahora que les digas que además de aceptar la falta también sabes qué hacer con el exceso (porque seguro no van a entender que es parte del proceso para seguir el camino...).

jueves 29 de octubre de 2009

Entrada del borrego que usaba labial rojo antes de ser hecho barbacoa mientras recibía un abrazo. Todo esto después de ser trasquilado y tener frío.

Él sólo quería bailar.

lunes 26 de octubre de 2009

Fragmentos de 27 en un 24

Un kilo de cadera no es cadera era lo que se escuchaba mientras mi hermanastra malvada bailaba su coreografía-regalo de cumpleaños en medio de un grupo de hombres que trataban de acercarse a ella para "apoyarla" en su contoneo. No me fue claro para quien era el regalo, para mí, a pesar de sus palabras es casi seguro que no. Las carcajadas que me provocó haciéndolo tal vez sean sus regalos. Carcajadas que también me arrancó cuando tomando su vaso brindó por mí presentándome ante algunos de mis amigos como "un capullo que se vuelve mariposa".

A las 00:00 del 24 de octubre recibí un mensaje que felicitaba a Gabicita. El que lo envió, Rodrigo, un amigo al que hace bastante no veía y con el que tiene poco que restablecí contacto. Fui a dormir, aunque a la 1:00 recibí otro mensaje en el que me felicitaban por dos años más de los años que cumplí en realidad, Pancita seguro estaba borracho. A las 3: 15 de la mañana recibí otro mensaje en el que me felicitaban a la hora de mi nacimiento, justo antes de que mis hermanos comenzaran a molestarme diciendo con voz chillona y muchas risas de borracho: feliz cumpleaños.
Cuando al fin concilié el sueño, el descanso no fue pleno, desperté temprano pero me aferré a mi cama en medio de sueños en vigilia y pensamientos inconexos. Desordenado pero no puedo dejar de pensar, no sé cómo le hacen los que dicen que pueden dejar su mente en blanco.
Un vaso de leche y una pieza de krispy kreme de esas que tienen relleno de frambuesa fue mi desayuno. Me movía lento, revisé el correo, el face y el hi. Soy presa de Internet y a diferencia de los que se esconden de esta adicción tras un "comentario crítco" acerca del tiempo enfrente de una computadora, yo lo confieso sin culpa. Baño, llamadas, saludos. Mis papás arribaron con un pequeño y dulce detalle, siempre con pocas palabras y con uno de los 5 abrazos que no damos cada año.

El siguiente escenario, música y colores: desfile de alebrijes y una invitación a comer con café incluído. Buena plática y la recepción de un regalo excepcional: Cortázar y yo en la misma mesa, él con gesto de fastidio (gracias Ed).
Más tarde caminé hasta el lugar en el que dos personas muy queridas organizaban un evento misterioso del que no debía saber detalles. Llegué temprano y nadie me abrió. Ese par de queridas personas llegaron al poco rato con cosas que no debía haber visto: globos, serpentinas y mi corona entre gorritos de colores. Otros amigos llegaron poco a poco y de una fiesta infantil se pasó a un intento de cena para terminar con el tradicional bailongo: contoneos (como el de mi hermanastra malvada) y saltos (espero la casera no corra a Ina pronto).

Siempre quise un vestido rojo. Jamás me había atrevido a ponerme un vestido rojo porque me sentía demasiado gorda y llamativa, contrario a lo que se puede pensar soy tímida, además de insegura. Pasé buena parte de mi adolescencia bajo sudaderas que según yo ocultaban mis enormes, mis gordos, mis horrendos brazos. En las fiestas en las que era orillada a vestirme lo que consideran decente, siempre elegía vestidos negros y largos. En los últimos tiempos pude medio superar eso, traté de usar vestidos más cortos y no ocultar mis brazos bajo una estola, un chal, un abrigo o cualquier otro trapo. Este año, al fin me atreví. Un día de la semana anterior me encaminé sola hacia algunas tiendas de ropa en donde observé dubitativa los vestidos rojos, por supuesto, muchos negros. Me dije a mí misma que no debía, ya no tenía dinero y no necesitaba deudas. Me dije a mí misma que no valía la pena, que seguía teniendo el mismo horrendo cuerpo y que no valía la pena siquiera intentarlo. Lo sorprendente fue que esta vez no me hice caso, no creí tener la razón y me probé un par de vestidos rojos (y uno negro).Uno me gustó bastante y lo hice. Cuando me vió mi madre hizo una mueca de disgusto y me propuso amablemente que me pudiera un collar en ese escote. Le hice caso aunque me lo quité una vez fuera de su vista. Salí a encontrarme con mis amigos y me sentí bien, caminé segura, cómoda y pude sonreirle a la vida envuelta en mi primer vestido rojo.

Coincidir en el mismo espacio con personas que te has encontrado con gran fortuna en el camino es una forma de darte cuenta que las personas pueden querer sin condición, que están ahí a pesar de los cambios de frecuencia e intensidad de emoción, a pesar de los años, de los problemas, de las ausencias. Coincidir con tantas personas a las que quieres es una muestra de que el cariño no es algo que se cuantifique, se controle o tenga límites. Es una muestra que no es vano confiar ni amar, es una muestra de que dar no duele, de que dar alegra y trasciende.
Schoppenhauer decía que el destino existía ya que para que un acontecimiento tuviese lugar, antes tenían que ocurrir toda una serie de acontecimientos de número indeterminado que a su vez tenían tras de sí otro número indeterminado de acontecimientos (en esto le hago caso, no así en las cosas que escribió de las mujeres) aparentemente azarosos. Para llegar al sábado en mi destino aparecieron ustedes que me leen, entre ellos algunos a los que tengo el honor de conocer en persona y otros a los que a pesar de sólo leerlos les tengo afecto (gracias 7p por el mensaje). Para llegar a mis 27 años de vida y sentirme tan contenta con los que están cerca, con lo que tengo que es casi nada y con lo que soy sin hacer mucho, se han conjuntado muchas cosas por lo que no sé cómo agradecer.


Ina Juva, eres la onda, reina de las suricatas.
Dan, tú sabes lo que trato de expresar, ¿cierto?

viernes 23 de octubre de 2009

http://skybye593.blogspot.com/

jueves 22 de octubre de 2009

Divina

Si fuese una diva de los cincuentas no habría problema con tener unos muslos demasiado grandes, serían parte de mi atractivo, junto a las caderas debajo del largo traje de baño que cubre parte de esos muslos y la pancita que trata de disimular. Si fuese una diva tendría la posibilidad de cumplir mis caprichos con un ligero movimiento del brazo, con un gesto de disgusto y qué decir de uno de desilusión. Una diva desilucionada rompe el equilibrio del mundo por lo que muchos hombres están dispuestos a hacer lo posible porque eso jamás ocurra. Por eso y porque se vuelven estúpidos frente a una mujer guapa. Si fuese una diva tendría acceso a cualquier lugar, podría hacer cualquier actividad que me viniera en gana justo en el momento en el que el deseo de hacerlo apareciera. Si fuese una diva no importaría que no pudiera escribir porque con sonreír me bastaría para que alguien arreglara el lector de dvd de mi lap, bajara una llave ilegal para mi antivirus y redactara mi investigación que por desgracia si fuese una diva no se me habría ocurrido comenzar.
Me conformaré con saber que aunque no soy una diva, estoy bien, aunque lo que de verdad me gustaría tener de una diva es una voz excepcional.

martes 20 de octubre de 2009

Tengo derecho a estar chipil

Hay actividades que tienen un doble impacto: llenarte de vida y robarte energía. Son cosas que disfrutas y que te arrancan alegría pero también aliento. Actividades que alimentan alma o conciencia o como quieran llamarle, sin embargo, también exigen que seas flexible y que te mantengas muy pendiente. Hace un tiempo aprendí que no puedes confiarte, en la vida no hay nada seguro, ni trabajo, ni afectos. Aprendí que por más que uno quiera no puedes hacer las cosas solo, por más autosuficiente y fuerte que parezcas o pretendas parecer. Creo que fue justo en ese momento cuando acepté mis límites y aprendí que pedir un abrazo no es signo de debilidad, que todos tenemos derecho a dejarnos consentir. Contrario a lo que me enseñó mi mami, creí que mostrar al mundo lo que siento no estaba mal. Al parecer, para variar, entendí mal las cosas. Mis palabras no tienen impacto y el mantenerme atenta a lo que las personas que quiero es harto desgastante, las cosas no fluyen, y siempre hay cosas pendientes. Lo mejor o peor, según se vea, hay cosas en las que no puedes rendirte.
El problema, querido usted quienquieraqueseaquelee es que acabo de regresar de un fin de semana de descanso y aunque es verdad que quisiera ser un hada madrina y andar por la vida concediendo pequeños deseos que construyan al menos un rato de buen humor hay veces en que quisiera tener una que me pregunte qué quiero en este momento. Por supuesto que, cursi como soy, le pediría un abrazo. Un abrazo de esos tibios, de esos con los que te rodean todita, de esos en los que tu cabeza queda recargada justo a la altura del pecho de la persona que te está abrazando en donde se expide un olor agradable (por supuesto, el olor de su cariño, de su corazón). Un abrazo de esos que te hacen sentir que estás en el mejor lugar del mundo, el mejor lugar para soñar.
Pero como no tengo un hada madrina me tengo que conformar con escribir mi deseo y seguir tomando algo que me reanime porque acabo de recibir un correo con un plazo. Mi tiempo está contado, tengo que terminar el proyecto que tengo claro en la cabeza y no puedo trasladar al papel. Ni modo.
Abrazos a quienquieraqueseaquelea.

martes 13 de octubre de 2009

Trabajo de campo o torpeza

"Ya tengo 67 años y me retiré de los hombres".
Se escucharon aplausos después de las últimas palabras de Ismael, antes conocido como "El Paloma" frente a los jóvenes del grupo de búsqueda de identidad en el que, además de los constantes testimonios de personas que habían negado varias veces lo que eran para reconstruirse y ser otra cosa, aparecían los que sentían que nunca habían sido nada y cual pescadores se adueñaban de ilusiones y sueños, de rencores e inseguridades de otros.
Entre los constantes miembros que iban y venían tomando y dejando siempre se podía encontrar a Gil, hombre sin nada más que una actitud de indiferencia ante casi todo lo que sucedía a su alrededor. Nunca aprendió ni enseñó nada, no le interesaba caminar como Carlos o hablar como Genaro, no sentía atracción por la forma en la que Jesús movía las manos al hablar.
Las uñas le crecían y se le rompian, el cabello habría crecido sin sentido y en una maraña pocas veces vista de no ser por aquellos que se sentían estilistas, metrosexuales o simplemente buenos samaritanos que gustaban de ayudarlo a peinarse.
Gil no tenía a poca gente a su alrededor además de los asistentes al centro de los sin identidad o con identidad inconforme (o algo así). Vivir en el centro no era difícil, siempre había comida, pues alguien siempre se sentía chef o ama de casa, había música, nunca faltaban los compositores, ejecutores o al menos un cilindrero. En el centro se escuchaban risas y lamentos con y sin sentido, era un lugar con mucho movimiento.
Gil no escribía, hablaba poco y siempre contaba la misma escena: en un lugar en donde la vida sólo se puede ver fuera de sí , en un tiempo sin tiempo, donde tratar de narrar una historia no tiene sentido porque los hechos no terminan de serlo y las palabras se transforman en otras apenas salen de la boca, los sentimientos son claros. La gran desgracia es que en esas condiciones es imposible demostrar lo que sea. Es por eso que ELLA y yo nos alejamos del faro sin que ninguno de los dos pudiera decir qué es amor.
Al escucharlo, más de una pregunta e idea trató de salir por mi boca que sólo atinó a decir: siempre me arrepiento después de cortarme el cabello.

lunes 5 de octubre de 2009

Edita tu estado o qué estás haciendo o esto no cabe en ninguna de las posibilidades de las ciber-redes sociales

Ga se encuentra:
Imaginando un futuro que era pero que al dejarse ser dejó de tener vida y se convirtió en un potencial destino que se sabe ya no será por lo que no es destino pero sigue siéndolo porque -a fin de cuentas- fue suprimido por una cadena interminable de causalidades impulsadas por voluntades no conocidas que impactaron en la suya; intentando seguir el ejemplo de los que fueron hace siglos mientras se cuestiona acerca de la posibilidad de entenderlo en estos días porque desconoce si la eternidad hace caso omiso de las contingencias sociales; leyendo algo que la invita a soñar con lo que no debe creer que se encuentra en la frontera (siempre móvil) entre el deseo, el pasado y otra vez el futuro.

Por último, se le ocurrió esta entrada y volvió a prender la computadora.

Desayuno

Como cada mañana, Adela seca sus cada vez más delgadas piernas después de la ducha, con mucha tranquilidad, tal vez sólo superada por la calma con la que toma poco a poco entre una toalla amarilla secciones de su largo cabello. Lo frota hasta que está casi seco, después lo cepilla con casi el mismo ciudado con el que desciende las escaleras cada mañana. Una vez hecho lo anterior comienza a trenzar esa melena plateada en donde algún cabello oscuro le hace la maldad de asomar, como si el color negro gritara: estuve aquí, durante mucho tiempo, éste fue mi reinado. Afortunadamente para Adela, el negro era poco escándaloso y el color de su trenza era tan armonioso que no podía existir sospecha de que antes hubiese existido otra cosa.
Aurelio, hombre que a pesar de la pérdida de estatura que trae consigo la edad conservaba el garbo de juventud acentuado por su espeso bigote, bigote que había comenzado a crecer justo después de comenzar a vivir con Adela, estaba sentado en la acogedora estancia, frente a la televisión; reniega de lo que el conductor del noticiero dice. No es extraño, nunca estaba de acuerdo con nada de lo que decía, Adela no entiende por qué no lee el periódico o sintoniza otro canal.
Una escena en el noticiero desencadena un recuerdo: un pésimo mago los remite al día en que se conocieron. Aurelio trató de conquistar a Adela con un acto de magia después de notar su presencia en una discusión que sostuvo con Felipe, el necio del pueblo. Adela no entendió en ese momento por qué Aurelio discutia con alguien tan terco, incapaz de sostener un diálogo con una pizca de lógica.
Las cosas le quedaron más claras cuando más tarde vio a Aurelio realizar con torpeza uno de los peores actos de magia, justificandose tras el argumento (construído con una lógica impecable que una mujer con un caos mental es incapaz de transcribir en esta entrada) de que la magia natural sólo se daba en los sueños. Adela supo entonces que estaba loco y decidió, a pesar de todo lo que estaba en contra (ya se imaginan, la familia, los amigos, el qué dirán en general) "juyirse" con él.
Ambos locos, ambos enamorados, ambos temerosos pero con voluntad suficiente para vencer el miedo.
Adela le recordaba a Aurelio lo tenso que estaba, su incapacidad para articular una sola frase coherente, el temblor de sus manos, su pálida tez, mientras él recordaba que cuando ella trató de bajar en silencio desde su ventana cayó en un charco y después cómo tropezó todo el camino y al otro día toda la ropa que llevaba en la bolsita amarilla de manta estaba llena de lodo y no tenían en dónde lavar, ni bañarse...
Ambos comenzaron a reír tanto que las lágrimas no tardaron en brotar.
-Y todos te creyeron tan valiente, jajajaja.
Aurelio serenó la cara y con voz grave y tranquila:
-Pues lo fuí mujer, lo fuí.
-Jajajaja. Tan grandote, tan fuerte y tan torpe frente a una mujer, jajajaja.
-Pues dirás lo que quieras pero tuve más pantalones que cualquiera de tus pretendientillos esos, les enseñé quién es el que manda. Pero síguete riendo que a mí no me causa tanta gracia, síguete riendo mientras calientas un poco de leche que yo voy por el pan, una trenza y un bigote.

domingo 4 de octubre de 2009

No drama, no martirium.

Un buen día puede ser roto por una falta. Esta vez no hablo de La Falta psicoanalítica, esta vez se trata de la despedida de un amigo que se va lejos, sin irse lejos. Una de esas personas que sabes que no vas a perder ni con el tiempo ni con la distancia pero a la que quisieras tener constantemente cerca, un amigo de esos que sabes estarán para ti si alguna vez te quedas completamente sola, sin casa y sin dinero en un país extraño. Una persona que sabes que te cuidaría si te enfermas o bajaría el skype sólo para hacerte compañía cuando estás en depresión. Una persona que no te ve como si estuvieras loca cuando bailas sola en la calle (bueno, tal vez un poco), que se ríe de tus chistes (bueno y te zapea cuando son muy malos), que te presenta a su familia, te abre las puertas de su casa e incluso te presenta a sus mascotas. Una persona que disculpa tus gandalleces, torpezas y ausencias, una persona frente a la que puedes ser tú sin temor a parecer tonta o demasiado simple o arrogante o algo porque sabes que te va a seguir queriendo. Una persona que se burla de ti y te chantajea con denunciar que sabes cocinar algunas cosas y finges para que otros cocinen porque no te gusta (esto mejor ignórenlo). Una persona a la que no tienes palabras para agradecer lo que ha hecho por ti durante años, a la que no tienes que decirle que lo esperas porque sabe que así lo haces. Una persona a la que no puedes más que desear suerte y mandarle abrazos y flores y bolitas.
¡Abrazos, flores y bolitas!

miércoles 30 de septiembre de 2009

Metromorfosis

Esto me sucedió el jueves de la semana pasada. Usualmente viajo en metro pero a horas en donde la estancia es bastante despejada. Esta vez acompañé a una amiga a hora pico. Por favor, puche las imágenes para leer mi trágica historia (je).

martes 22 de septiembre de 2009

Nocturna (que conste que no es poema)



Esto comienza hace un tiempo, cuando era una niña, un regordete pedazo de carne primero y una ñoñita más tarde. Los deportistas en mi familia siempre fueron mis hermanos. Por más que lo intentaba, mi torpeza frente a los balones era evidente, seguro alguno de los que leen esto me comprenden. Aún así, mis intentos no cejaban, aunque mis prioridades eran tratar de hacerme escuchar entre los adultos, en verdad tenía buenas respuestas a sus problemas; también me preocupaba aprender y creía que podía enseñar a los menores: mis hermanos y primos.

Con mis antecedentes de intentos fallidos, una vez que estuve en la licenciatura encontré un deporte en el que al fin me sentí hábil: tae kwon do. Lo mío eran las patadas. Desgraciadamente, este gusto me duro menos de lo que hubiera querido ya que entre mis idiomas, el servicio social y mis juegos de dominó, no me quedó tiempo de entrenar.

Hace casi dos años entré a un gimnasio, en donde las cosas no eran tan divertidas, el tae bo no ayuda tanto. Ante la insistencia de una amigavampirovegetariano acudí a una clase de Muay Thai, en donde de nuevo me sentí bien. Los entrenamientos no eran ligeros y combinados con un itinerario de baile intenso bajé como 5 kilos en tres meses, hasta me sentía ágil y tenía mucha energía. De nuevo mis obligaciones, salí de estancia de investigación tres meses con lo que a pesar de algunos intentos de tener un entrenamiento constante las papas, el pan y un pésimo kru (osease entrenador) me regresaron parte de los kilos perdidos.

Cuando regresé, antes de acudir a entrenar decidí correr, no fuera a ser que cayera desmayada. Fue entonces cuando un lunes de dolor en las piernas después de algunos pocos minutos de carrera acudí a la biblioteca de la FFyL a sacar un libro y el señor que me mandó a pagar una multa de tres pesos me dio la noticia: ya salió la convocatoria para la carrera nocturna de la UNAM, son 8 km.

Tal vez para los que practican algún deporte esto sea nada pero para mí y mi ñoño pasado sonó a reto. A partir de ese día decidí esforzarme un poco más al correr ya que el circuito que hacía era apenas de tres. En tres semanas apenas pude alcanzar los seis pero un golpe de optimismo me inscribió un día y no iba a faltar a pesar de mi temor de tener que caminar dos de los ocho.

El viernes antes de la carrera tenía una actividad que supuse no requeriría de mayor desgaste: hacer rollitos de papel para un taller de marionetas. Hacer orificios a tubitos de papel para armar marionetas no es tan fácil como se lee. Después de los primeros diez te comienzan a doler las palmas de las manos, usar una perforadora requiere mucha fuerza. Horas de colores y pegamento blanco endurecen las futuras extremidades de una promesa, a las dos de la mañana del sábado apenas teníamos material suficiente para treinta muñecos.

Dormí cerca de seis horas para entrar, salir, subir y bajar por lugares casi olvidados, hablando con padres de familia, explicando la intención del taller. Una vez que se hubieron reunido algunos pequeños, comienza el taller, tomar algunas fotos y regresar para dormir un rato, hay un compromiso que cumplir más tarde. De repente, mi teléfono, aviso de último minuto, comida para celebrar a una de mis pequeñas primas. Nadie tuvo la delicadeza de avisarme en la semana pero sí de hacer llamadas chantajistas frente a la que no pude hacer nada. Corrí a bañarme, comí lo que el instructivo decía que no comiera, además de varios dulces (¿qué más se puede hacer en una fiesta de niños?) y marche: carrera nocturna de 8 km.

Mi hermano -que también se inscribió y recibió recomendaciones de mis padres porque hace mucho no hacía ejercicicio- y yo, llegamos a registrarnos con nuestro numerito en el pecho y comenzamos a calentar. Me uní al contingente de mujeres que saldría diez minutos antes. A mi alrededor demasiado estrógeno me hacía sentir un tanto extraña, aún así me unía a las goyas. A un par de metros delante de mí una mujer que llama mi atención: una morena rasta con unas piernas tremendas. Seguro sería una de las punteras y saldría toda velocidad rebasando a las pobres almas que solamente quieren llegar a la meta como yo.

¡Pum! Bala que marca que debíamos comenzar a correr, gritos agudos y risas entre los primero trotes. En la primer bajada varias comienzan a caminar, yo sigo con mi paso no veloz pero si constante. Veo que la morenaza no sale disparada como un rayo, va a paso tranquilo, tal vez un poco más veloz que el mío así que decido tomarla como ejemplo, mientras pueda verla no voy tan mal. Pensamientos misceláneos me acompañan cuando de pronto una figura conocida aparece con una cámara ¡¿Qué hace aquí el paparazzi si debía estar en la meta esperando mi entrada triunfal?! Entre el desconcierto y mi torpeza ante las cámaras me perturbé un poco y di unos pasos, después seguí mi recorrido al mismo ritmo que traía antes de los flashazos. La morenaza se había adelantado un poco más pero aún estaba cerca. Cuando se orilló por un vaso de Gatorade pude acercarme y fue justo después de la ENTS, en la curva-retorno cerca de la espiral del metrobús que sucedió: la morenaza de piernas espectaculares, de músculos bien torneados evidentemente muy ejercitados comenzó a caminar. Yo seguí corriendo, lenta pero segura e impactada, incrédula ante lo que mis ojitos veían y con una sonrisa que no ocultaba mi satisfacción por dejar atrás a mi ejemplo a seguir. Me sentí soñada y el gusto me duró hasta la subida que comienza a la altura del campo de beisbol en donde comencé a dudar de mi lucidez, ¿qué pensaba cuando me inscribí? Fue entonces cuando escuché: ¡vamos, falta poco! Un tipo de short rojo y playera blanca me animaba a seguir y volvía a correr y bajaba la velocidad y otra vez la voz que me animaba y otra vez el esfuerzo y el grito y la disminución y el ánimo y la fuerza y así hasta que lo perdí de vista pero comencé a ver el lugar prometido: el estadio universitario.

Un par de chicas que cuidaban de los corredores gritaban: ¡ya falta un kilómetro!

Tomé una bolsita de agua que me ofrecieron en ese punto pero no me atreví a abrirla e ingerirla ya que si por cualquier motivo comienzo a respirar mal, el famoso "dolor de caballo" me atacaría y no podía permitir eso a las alturas así que me conformaba con apretar mi bolsita de agua cuando sentía que no podía más, me aferraba a ella cuando sentía el sudor en la frente hasta que vi que una señora hacía los mismo que yo con su mano diestra y con la zurda se aferraba a una botella, en las curvas abría los brazos como si fuera a emprender el vuelo. Son esas escenas que no te dejan detenerte aunque tu cuerpo responda poco.

En menos tiempo del que esperaba estaba bajando a buena velocidad la rampa que dejaba ver el campo del estadio, luces y algunos cientos de personas que gritaban cosas poco claras y que cualquiera con un poco de imaginación pudo haber tornado en vítores a su persona. Una vez que entras al estadio por la pista de tartán y observas la marca final es imposible parar, la adrenalina de llegar a la meta después del esfuerzo, la imagen de ti mismo corriendo en un lugar que sólo habías visto desde las gradas sabes que el dolor que probablemente sufras después de esta carrera habrá valido la pena.

Después del arribo, de recibir mi bebida re hidratante y mi playera el paparazzi tomó algunas fotos (por cierto, no sé en dónde dejé la cámara y quería poner una foto en esta entrada, ash) y esperamos a mi hermano que llegó al final aunque en no muy buenas condiciones. Mi día no terminó ahí, era cumpleaños de Josué en donde al fin, después de varios fines de semana de espera pude bailar un rato.